Reservado
el derecho de admisión: “imprescindible requisito lingüístico" De las oposiciones
en la España de las Autonomías.
Esta semana la opinión pública se ha sorprendido, y acaso escandalizado, porque el título de Eusquera puntúe 4 veces más que un doctorado en los méritos del personal sanitario Vasco.
Esta situación, implica un injusto proteccionismo del empleo público, que
impide la movilidad laboral en el territorio nacional, amén de un agravio
comparativo que contempla que un vasco pueda opositar en Asturias y un
valenciano en Murcia pero nunca al contrario. Cada autonomía barre para casa y
blinda su territorio funcionarial a través del requisito lingüístico, lo que
supone una endogamia en la función pública, que favorece siempre al local y
perjudica al usuario.
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La
insatisfacción de la atención primaria ANDREU
SEGURA Y A. MARTÍN ZURRO
Aumentar el número de
profesionales puede acelerar la medicalización y crear falsas expectativas Se trata de una señal
de alarma que estimula a enfrentarse con los problemas y tratar de
solucionarlos. Los ansiolíticos actúan como anestésico más que como bálsamo,
de manera que el conflicto persiste a la vez que se incrementa la dependencia,
se provocan adicciones y se expone uno a los efectos adversos de los
medicamentos. Lo mismo se puede decir para la tristeza, una reacción normal que
facilita la adaptación frente a los infortunios de la vida cotidiana. Las
sociedades humanas han afrontado la ansiedad y la tristeza mediante el recurso a
los amigos y familiares, las redes de apoyo social que la atención sanitaria no
puede sustituir, aunque sea de agradecer el apoyo profesional. Aumentar el número de
profesionales no parece, pues, que pueda solucionar una insatisfacción
provocada por la impertinencia. Más bien se corre el riesgo de acelerar la
medicalización y fomentar expectativas irreales. Desde el sistema sanitario se
debe poner de manifiesto esta limitación y, en sintonía con la comunidad,
contribuir a buscar una alternativa mejor. El acelerado
incremento de la demanda de atención sanitaria no se corresponde con un aumento
de las necesidades susceptibles de satisfacerse mediante asistencia médica.
Luego se necesitan cambios profundos en la orientación, los propósitos y la
organización del sistema sanitario en su conjunto y del papel que debe desempeñar
en la sociedad actual. Cambios más radicales que la limitación del número de
visitas diarias, el establecimiento de un tiempo mínimo para cada visita o
incluso el recurso a poner barreras a la accesibilidad como los tickets
moderadores del consumo, medidas que, si se permite la analogía, son sólo un
tratamiento sintomático que no modifica las causas del problema. Aun cuando mejorara la
comodidad laboral -a costa de un esfuerzo económico notable-, difícilmente
aumentaría la pertinencia, la efectividad, la eficiencia y la equidad de la
asistencia. Parece conveniente, pues, que más allá de acogernos a lemas
contundentes de gran efectismo, analicemos la responsabilidad del propio sistema
sanitario como generador de demandas de efectividad incierta. Porque directa o
indirectamente inducimos muchas de las actividades que se llevan a cabo, en gran
parte mediante la promoción de la prevención individual. Por ejemplo, los
programas del niño sano, que prescriben un considerable número de consultas de
incierto beneficio; o el control de factores de riesgo como la hipertensión
arterial, las dislipemias, la osteoporosis y tantos otros que generan una carga
de trabajo desproporcionada si tenemos en cuenta que contribuyen muy poco a
disminuir la frecuencia de los comportamientos poco saludables entre la población. Muchas de ellas son
actividades ineficientes que consumen muchos recursos en términos de esfuerzo
asistencial, de análisis de control y de fármacos. Y eso que muchas de las
medicaciones profilácticas se adquieren pero no se toman, como puede
comprobarse al analizar los envases que se depositan sin abrir en los
contenedores de las farmacias y los centros de salud. Son además actividades
poco equitativas, porque los que más las consumen no son quienes más las
necesitan. No es que haya que
renunciar a la prevención, sino que se debería plantear de otra forma. Las
actividades clínicas preventivas deberían formar parte de programas
comunitarios más amplios en los que se adoptaran iniciativas destinadas a
modificar los estilos de vida de las personas mediante intervenciones políticas
y sociales, puesto que las conductas no sólo vienen determinadas por la
información y el consejo, sino que dependen de las condiciones de vida, de cómo
y dónde se trabaja y se reside, de dónde se come, etcétera. Desde que nuestra
sociedad ha asumido la importancia de la prevención del tabaquismo y ha
aceptado regulaciones que limitan su consumo, ha disminuido la proporción de
fumadores. La contribución asistencial debe verse, pues, como un elemento más,
pero no el único, de una política preventiva. Lo cual valdría seguramente
para controlar el consumo peligroso de bebidas alcohólicas, conseguir una
alimentación más saludable o mantener una actividad física suficiente. Claro que hay otras
cuestiones que agravan la presión. Por ejemplo, el hecho de que los equipos
sean más bien un conjunto de profesionales que un grupo con objetivos,
intereses, estrategias y actividades compartidas; o las dificultades para
simplificar las tareas administrativas y burocráticas que, según la percepción
de muchos profesionales, resultan demasiado engorrosas y no siempre está claro
que sean útiles. Y la relación, a menudo subordinada, con la atención
especializada. Son situaciones que sólo se pueden solucionar si se mejora la
organización. Estos aspectos de la
práctica asistencial requieren una reorientación profunda de las actividades
sanitarias, que, en cierta forma, promueven iniciativas como el Programa de
Actividades Comunitarias en Atención Primaria (PACAP) o el proyecto Actuando
Unidos para la Salud (AUPA). Cualquier incremento de los recursos sin acometer
una drástica transformación será como aumentar el caudal de agua en un
recipiente agujereado. Andreu Segura es profesor de Salud Pública de la UB (asegurabene@ub.edu ) y Amando Martín Zurro es doctor en Medicina y especialista en Medicina Familiar y Comunitaria.
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